Jorge Molina Araneda Kaos en la Red. Además, ha publicado columnas en TeleSur, Resumen Latinoamericano y El Ciudadano. |
La próxima
'Teoría Política' dominante
en la Escena Mundial...
Introducción - Una Hegemonía en Disputa
El pensamiento político que probablemente dominará la escena mundial durante los próximos años no será una doctrina única, comparable al liberalismo triunfante de la década de 1990, al fascismo de entreguerras o al marxismo-leninismo durante buena parte del siglo XX.
Será, más bien, una concepción de soberanía nacional competitiva, multipolaridad estratégica, proteccionismo económico y autoridad política reforzada, combinada con elementos de nacionalismo cultural, populismo plebiscitario y tecnogobierno.
La fórmula podría resumirse así:
multipolaridad en el plano internacional, soberanismo en el plano estatal, populismo en el plano electoral, proteccionismo en el plano económico y securitización en el plano social.
Esta combinación no formará necesariamente un sistema coherente, pues reunirá corrientes ideológicamente diferentes - derechas nacional-populistas, autoritarismos desarrollistas, nacionalismos poscoloniales, conservadurismos religiosos, izquierdas soberanistas y movimientos antiestablishment - pero todas compartirán una crítica al universalismo liberal y a la globalización desregulada.
El escenario mundial ya muestra signos de este desplazamiento.
El World Economic Forum (WEF) señala que el 68% de los expertos consultados espera un "orden multipolar o fragmentada" durante la próxima década, mientras que la confrontación geoeconómica aparece como el principal riesgo global inmediato.
La cuestión central, por tanto, no será simplemente si dominará "la izquierda" o "la derecha", sino qué tipo de Estado, qué idea de soberanía y qué modelo de orden internacional reemplazarán al cosmopolitismo liberal hegemónico.
La Crisis del Universalismo Liberal
Durante las décadas posteriores a la Guerra Fría, gran parte del pensamiento político occidental se organizó alrededor de tres supuestos:
la expansión de la democracia liberal, la integración económica mundial y la progresiva subordinación de la soberanía estatal a instituciones internacionales.
La liberalización comercial, la circulación transnacional de capitales, la expansión de los derechos humanos y la confianza en organismos multilaterales parecían configurar un horizonte histórico relativamente estable.
Ese horizonte se ha debilitado.
Las guerras, las crisis financieras, la pandemia, las desigualdades, los flujos migratorios y la rivalidad entre Estados Unidos y China han puesto en cuestión la idea de que la interdependencia económica conduciría automáticamente a la cooperación política.
A ello se suma la percepción, extendida en numerosos sectores sociales, de que las élites globalizadas han obtenido beneficios de la apertura mientras las clases medias y populares han soportado sus costos.
La crítica contemporánea al liberalismo no procede únicamente de fuerzas autoritarias.
También aparece en sectores progresistas que cuestionan el poder de las corporaciones transnacionales, la subordinación de la democracia a los mercados financieros y la insuficiencia de las instituciones internacionales para enfrentar el cambio climático, la desigualdad y las guerras.
La disputa, por ello, no se reduce a liberalismo contra autoritarismo, incluye también una batalla por definir qué significa democracia, quién ejerce la soberanía y qué límites debe tener el poder económico.
La organización Freedom House registró un deterioro de la libertad mundial por vigésimo año consecutivo en 2025, con 54 países experimentando retrocesos en derechos políticos y libertades civiles.
Este dato no demuestra que el autoritarismo vaya a imponerse universalmente, pero sí indica que la democracia liberal atraviesa una crisis prolongada de legitimidad y eficacia.
La Nueva Centralidad de la Soberanía
La noción que probablemente ocupará el centro del pensamiento político futuro será la soberanía.
No se tratará únicamente de la soberanía territorial clásica, sino de una soberanía multidimensional:
política, económica, tecnológica, energética, cultural, alimentaria y militar.
La soberanía económica significará reducir la dependencia de cadenas globales vulnerables, proteger industrias estratégicas y controlar recursos críticos.
La soberanía tecnológica implicará desarrollar capacidades propias en inteligencia artificial, semiconductores, telecomunicaciones, ciberseguridad y plataformas digitales.
La soberanía energética buscará limitar la exposición a proveedores externos, aunque ello genere tensiones entre seguridad nacional y transición climática.
En este contexto, el Estado volverá a ser presentado como el principal instrumento de protección colectiva.
La idea de que los mercados globales asignan eficientemente los recursos será reemplazada por una concepción más política de la economía:
el comercio, las inversiones y la tecnología serán evaluados según su contribución al poder nacional.
Esta transformación no significa el abandono del capitalismo.
Lo que se perfila es un capitalismo nacional-estratégico, en el cual el Estado interviene para proteger sectores prioritarios, subsidiar industrias, controlar infraestructuras y utilizar aranceles, sanciones y restricciones tecnológicas como instrumentos de política exterior.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) ha advertido que una fragmentación económica profunda podría provocar pérdidas relevantes de producción mundial, especialmente si se combina con desacoplamiento tecnológico.
Sin embargo, los gobiernos parecen dispuestos a asumir parte de esos costos a cambio de reducir su vulnerabilidad geopolítica.
Multipolaridad y Pluralismo de Modelos
La segunda gran característica del pensamiento político emergente será la aceptación de que el mundo no estará organizado por un único centro normativo.
La multipolaridad no significa necesariamente equilibrio, paz o cooperación; puede consistir en la coexistencia conflictiva de varias potencias y regiones capaces de imponer reglas en sus respectivas áreas de influencia.
En lugar de una universalización progresiva de las instituciones liberales, se consolidará un pluralismo de modelos políticos.
Estados Unidos defenderá una concepción propia de democracia y seguridad
China promoverá un modelo de desarrollo estatal y autoridad centralizada
Rusia combinará nacionalismo, soberanía y revisionismo geopolítico
India articulará nacionalismo civilizacional con pluralismo electoral
diversos países del Sur Global buscarán autonomía estratégica sin alinearse completamente con Washington, Pekín o Moscú.
Este pluralismo será especialmente visible en la redefinición de los derechos humanos, la democracia y la intervención internacional.
Los gobiernos autoritarios sostendrán que no existe una única forma legítima de organización política y que los derechos colectivos, la estabilidad o el desarrollo pueden tener prioridad sobre ciertos derechos civiles.
Pero también numerosos países democráticos reclamarán una mayor autonomía frente a las presiones externas y denunciarán la aplicación selectiva de normas internacionales.
La multipolaridad, por tanto, poseerá una doble naturaleza.
Por una parte, puede ampliar el margen de decisión de países medianos y pequeños.
Por otra, puede debilitar las normas comunes y facilitar la impunidad de las grandes potencias.
El World Economic Forum (WEF) describe precisamente el riesgo de una "multipolaridad sin multilateralismo", en la que aumente el número de centros de poder sin fortalecerse los mecanismos colectivos para resolver problemas globales.
El Populismo como Forma Política
Aunque el populismo no constituye una ideología completa, sí será probablemente la principal forma de movilización política durante los próximos años.
Su estructura discursiva es sencilla:
contrapone un "pueblo auténtico" a unas "élites corruptas", cosmopolitas o desconectadas de la vida cotidiana.
El populismo puede aparecer en la derecha o en la izquierda.
En la derecha, suele asociarse con nacionalismo, control migratorio, defensa de la familia tradicional, crítica a las políticas identitarias y rechazo de las burocracias internacionales.
En la izquierda, puede expresarse como denuncia de la oligarquía económica, defensa de los servicios públicos, nacionalización de recursos estratégicos y crítica al poder de las corporaciones.
Lo común es la desconfianza hacia las instituciones intermedias:
partidos tradicionales, parlamentos, medios de comunicación, tribunales, universidades, organismos internacionales y expertos.
El líder populista afirma establecer una relación inmediata con el pueblo, generalmente mediante redes sociales, plebiscitos, discursos de emergencia y una retórica de confrontación permanente.
La consecuencia puede ser una transformación de la democracia liberal en una democracia plebiscitaria y personalista. Las elecciones seguirán existiendo, pero el objetivo principal será conquistar una legitimidad directa que permita debilitar controles institucionales.
La mayoría electoral será presentada como autorización para intervenir sobre tribunales, medios, administración pública y organismos autónomos.
Este fenómeno no debe confundirse con una simple manipulación de masas.
El populismo prospera porque responde a problemas reales:
inseguridad, pérdida de empleos, deterioro de servicios, corrupción, desigualdad, crisis habitacional y sensación de abandono territorial.
Su peligro consiste en ofrecer respuestas simples a problemas estructurales y convertir a minorías, migrantes, opositores o instituciones independientes en chivos expiatorios.
El Retorno de la Política de Clases
La creciente desigualdad devolverá centralidad a la cuestión social. Sin embargo, la lucha de clases del siglo XXI no reproducirá exactamente el esquema industrial clásico entre burguesía y proletariado.
Las divisiones se organizarán alrededor de varios ejes simultáneos:
Trabajadores protegidos y trabajadores precarizados.
Regiones globalizadas y regiones abandonadas.
Propietarios de activos y hogares endeudados.
Trabajadores calificados y trabajadores desplazados por automatización.
Ciudadanos nacionales y migrantes.
Centros metropolitanos y periferias territoriales.
Élites tecnológicas y poblaciones dependientes de plataformas.
La política futura estará marcada por la tensión entre una economía altamente concentrada y sociedades que demandan protección.
Las grandes empresas tecnológicas acumulan poder económico, informativo y cultural, mientras que los Estados intentan recuperar capacidad regulatoria. De allí surgirán debates sobre impuestos digitales, propiedad de datos, renta básica, derechos laborales en plataformas y control democrático de la inteligencia artificial.
El neoliberalismo no desaparecerá completamente, pero será modificado. En lugar de la desregulación general, se impondrá un intervencionismo selectivo:
libertad de mercado en sectores ordinarios y control estatal en sectores considerados estratégicos.
Esta combinación permitirá que gobiernos muy distintos - liberales, nacionalistas, socialdemócratas o autoritarios - defiendan políticas industriales activas.
La Inteligencia Artificial y el Nuevo Poder Político
La inteligencia artificial será mucho más que una innovación tecnológica, se convertirá en una cuestión constitucional y geopolítica.
El control de datos, modelos de lenguaje, infraestructura computacional y semiconductores otorgará ventajas económicas y militares comparables a las que en otros periodos proporcionaron el petróleo, la industria pesada o las armas nucleares.
La inteligencia artificial transformará la administración pública, la propaganda, la vigilancia, la guerra y el mercado laboral. Los Estados podrán anticipar comportamientos, identificar redes de protesta, producir contenidos personalizados y automatizar decisiones burocráticas.
Al mismo tiempo, los ciudadanos utilizarán sistemas de inteligencia artificial para organizar campañas, investigar abusos y disputar el monopolio informativo de gobiernos y medios tradicionales.
El problema político fundamental será determinar si la inteligencia artificial ampliará la autonomía humana o reforzará la concentración del poder.
El informe de riesgos globales de 2026 ubica los resultados adversos de la inteligencia artificial entre los riesgos de mayor crecimiento a largo plazo, pasando del puesto 30 en el horizonte de dos años al quinto en el horizonte de diez años.
La regulación enfrentará una contradicción.
Si cada Estado intenta controlar la inteligencia artificial de manera aislada, aumentará la competencia tecnológica y la fragmentación normativa.
Si se delega la regulación a grandes empresas transnacionales, el poder democrático quedará subordinado a actores privados.
La solución más probable será una mezcla inestable de regulación nacional, acuerdos internacionales parciales y autorregulación corporativa.
La política digital también modificará la noción de ciudadanía. El ciudadano ya no será solamente elector, trabajador o contribuyente, sino productor constante de datos. Su conducta podrá ser clasificada, anticipada y monetizada.
En consecuencia, el pensamiento político futuro deberá responder a una pregunta decisiva:
¿puede existir libertad política cuando las condiciones de la opinión pública son administradas algorítmicamente?
Seguridad, Fronteras y Migración
La seguridad será otro componente fundamental de la nueva hegemonía política.
La expansión de conflictos armados, terrorismo, crimen organizado transnacional, ciberataques y crisis migratorias permitirá que los gobiernos justifiquen medidas excepcionales y una ampliación de los poderes ejecutivos.
La migración ocupará un lugar central porque concentra tensiones económicas, culturales y territoriales. Los movimientos migratorios no son únicamente un problema de fronteras; reflejan desigualdades globales, guerras, crisis climáticas, mercados laborales segmentados y políticas exteriores.
Sin embargo, los partidos nacional-populistas tenderán a transformar esa complejidad en una cuestión de soberanía:
"quién pertenece", "quién puede entrar" y "quién tiene derecho a recibir protección".
La frontera se convertirá en un símbolo político. No representará solo una línea territorial, sino una defensa frente a la globalización, la pérdida de identidad y la supuesta ausencia de control estatal.
Esta visión favorecerá muros, deportaciones, restricciones de asilo, externalización del control migratorio y ciudadanía diferenciada.
El riesgo consiste en que la seguridad absorba la política social. En lugar de responder a la precariedad mediante empleo, vivienda, salud y educación, los gobiernos pueden responder mediante vigilancia, policía y castigo.
El resultado sería una forma de Estado penal-securitario, legitimado por la inseguridad y fortalecido por el miedo.
La Crisis Climática y el Ecologismo de Estado
El cambio climático será imposible de excluir de la agenda política, pero no necesariamente producirá una política ecológica cosmopolita.
La transición energética estará atravesada por la competencia entre potencias, la lucha por minerales críticos, el control de tecnologías verdes y el reparto de sus costos sociales.
Los gobiernos deberán decidir quién pagará la transición:
consumidores, empresas, propietarios de combustibles fósiles, Estados ricos o países en desarrollo.
La respuesta determinará si la política climática adopta una forma socialmente redistributiva o una forma tecnocrática y regresiva.
La crisis climática puede impulsar tres orientaciones distintas:
Ecologismo liberal: basado en mercados de carbono, innovación privada y cooperación internacional.
Ecologismo social: centrado en justicia climática, redistribución, empleo verde y derechos de las comunidades.
Ecologismo securitario: entiende el clima como una amenaza para las fronteras, la estabilidad y los recursos estratégicos.
La tercera orientación podría ganar fuerza si aumentan los desplazamientos, la escasez hídrica y los conflictos por alimentos o energía.
En ese caso, el cambio climático sería tratado menos como un problema de solidaridad global que como un problema de seguridad nacional.
La evidencia disponible muestra que los compromisos climáticos aún son insuficientes.
Naciones Unidas advierte que las nuevas promesas gubernamentales solo han reducido ligeramente las proyecciones de calentamiento y que las emisiones siguen sin disminuir con la rapidez necesaria para cumplir los objetivos del Acuerdo de París.
Esta brecha entre la magnitud del problema y la lentitud de la respuesta alimentará tanto el radicalismo ecológico como la reacción negacionista o nacionalista.
La Disputa por el Significado de Democracia
La democracia será uno de los principales campos de batalla ideológica.
El conflicto no se limitará a democracia contra dictadura, sino que enfrentará diferentes definiciones de democracia.
La concepción liberal entiende la democracia como un sistema de elecciones, derechos individuales, separación de poderes, prensa libre, independencia judicial y protección de minorías.
La concepción plebiscitaria la define como expresión directa de la mayoría, incluso cuando esa mayoría intenta limitar controles institucionales.
La concepción desarrollista la vincula con capacidad estatal, crecimiento económico y estabilidad. La concepción radical la relaciona con participación social, igualdad sustantiva y democratización de la economía.
Durante los próximos años, los gobiernos podrán mantener elecciones mientras erosionan progresivamente los elementos liberales de la democracia.
Este fenómeno producirá regímenes formalmente electorales, pero con menor pluralismo, menor independencia judicial y mayor concentración ejecutiva.
Por eso, el futuro político no estará determinado únicamente por quién gana elecciones. También dependerá de si las instituciones pueden preservar:
alternancia real en el poder; libertad de prensa; autonomía judicial; derechos de oposición; transparencia electoral; protección de minorías; control civil sobre las fuerzas armadas; capacidad legislativa frente al poder ejecutivo.
La lucha democrática será, en gran medida, una lucha por impedir que la soberanía popular sea utilizada para destruir las condiciones que permiten expresarla.
¿Dominará la Derecha Nacional-populista?
La derecha nacional-populista dispone actualmente de ventajas importantes.
Puede canalizar el malestar con la globalización, la inseguridad, la migración, la burocracia internacional y las transformaciones culturales. Además, utiliza con eficacia las redes sociales y se beneficia de la fragmentación de los partidos tradicionales.
Su expansión no significa que todas las sociedades adopten una misma agenda.
En algunos países dominará el conservadurismo cultural; en otros, el nacionalismo económico; en otros, el autoritarismo securitario. La derecha nacional-populista será más una familia política transnacional que una ideología uniforme.
Su principal fortaleza será la simplicidad narrativa. Frente a problemas complejos, ofrecerá explicaciones directas:
la decadencia se debe a las élites, la inseguridad a los extranjeros, la pérdida de empleos a la globalización, la crisis cultural al progresismo y la debilidad internacional a dirigentes incapaces de defender la nación.
Sin embargo, enfrentará límites.
El nacionalismo no resuelve por sí mismo el envejecimiento demográfico, la desigualdad, la automatización, la crisis ecológica ni la dependencia tecnológica.
Además, los gobiernos nacional-populistas pueden entrar en contradicción cuando prometen protección social, reducción de impuestos, control migratorio y disciplina fiscal simultáneamente.
¿Podrá surgir una Izquierda Soberanista?
La izquierda también puede adaptarse a la nueva era mediante una combinación de soberanía popular, justicia social y autonomía internacional.
Una izquierda soberanista podría defender el control público de sectores estratégicos, la redistribución, los derechos laborales, la protección ambiental y una política exterior no subordinada a ninguna gran potencia.
Su oportunidad histórica consiste en disputar a la derecha el lenguaje de la protección.
Si la izquierda abandona la defensa de los sectores afectados por la globalización, esos grupos serán capturados por discursos nacionalistas. Pero si reduce la protección social a una defensa identitaria excluyente, perderá su dimensión universalista.
Una izquierda renovada debería responder simultáneamente a tres problemas:
Cómo democratizar la economía.
Cómo preservar derechos universales en sociedades culturalmente diversas.
Cómo construir cooperación internacional sin reproducir jerarquías imperiales.
Su desafío es articular soberanía y solidaridad.
La soberanía no tendría que significar aislamiento, sino capacidad democrática para decidir sobre recursos, producción y políticas públicas.
Del mismo modo, la cooperación internacional no debería significar subordinación automática a las potencias dominantes.
El Sur Global y la Desoccidentalización
Una de las transformaciones más importantes será la pérdida relativa del monopolio occidental sobre la definición de modernidad política.
Muchos países del Sur Global no desean escoger completamente entre liberalismo occidental y autoritarismo chino. Buscan, más bien, combinar elecciones, desarrollo estatal, soberanía económica, nacionalismo cultural y autonomía diplomática.
Este proceso puede llamarse desoccidentalización del orden mundial, aunque no implique necesariamente rechazo de toda influencia occidental.
La expansión de China, el peso económico de India, el protagonismo de Brasil, Turquía, Indonesia, Arabia Saudita y otras potencias regionales favorecerá una política exterior más transaccional y menos ideológica.
En este contexto, los países latinoamericanos intentarán maximizar su margen de maniobra entre grandes potencias.
Podrán cooperar con China en infraestructura y comercio, mantener vínculos financieros y militares con Estados Unidos, participar en instituciones regionales y buscar acuerdos con Europa u otros actores. La política exterior tenderá a ser pragmática, diversificada y orientada a evitar dependencias exclusivas.
Para América Latina, el problema será transformar su importancia geoeconómica - alimentos, minerales críticos, energía, biodiversidad y posición estratégica - en capacidad política efectiva.
Sin instituciones regionales sólidas, la región podría limitarse a competir entre sí por inversiones externas y continuar exportando materias primas bajo nuevas condiciones de dependencia.
Chile ante la Nueva Época
Chile no quedará al margen de estas transformaciones.
Su debate político estará influido por la seguridad, la migración, el costo de vida, la crisis de representación, la desigualdad y la disputa por recursos estratégicos.
Al mismo tiempo, su posición en el Pacífico, sus reservas de cobre y litio, su potencial energético y su estabilidad institucional relativa le otorgarán importancia en la competencia global.
El país enfrentará una tensión entre dos modelos.
El primero buscará mantener una inserción abierta, atraer capital, fortalecer acuerdos comerciales y preservar una democracia liberal moderada.
El segundo privilegiará mayor control estatal, seguridad, protección de fronteras y políticas industriales orientadas a recursos estratégicos.
La cuestión decisiva será si Chile puede convertir sus ventajas materiales en desarrollo tecnológico y bienestar social, o si continuará exportando recursos sin controlar suficientemente las cadenas de valor.
En el caso del litio, el cobre y las energías renovables, la soberanía económica no dependerá solo de la propiedad jurídica de los recursos, sino también de la capacidad científica, industrial y fiscal del Estado.
El debate chileno podría anticipar una discusión común a muchos países medianos:
cómo mantener apertura internacional sin quedar subordinado
cómo defender la democracia sin ignorar la inseguridad
cómo fortalecer al Estado sin permitir su captura por élites políticas o económicas
Hacia una Síntesis Autoritaria-Democrática
La tendencia más probable no será una victoria completa del autoritarismo ni una restauración plena del liberalismo.
Será la expansión de sistemas híbridos, que mantendrán elecciones y constituciones mientras concentran poder ejecutivo, restringen libertades y utilizan mecanismos tecnológicos de control.
Podría surgir una síntesis política caracterizada por:
Elecciones competitivas, pero con desigualdad extrema de recursos.
Parlamentos existentes, pero subordinados a ejecutivos fuertes.
Medios de comunicación formalmente libres, pero sometidos a concentración y desinformación.
Mercados privados, pero dirigidos por estrategias estatales.
Nacionalismo cultural combinado con innovación tecnológica.
Derechos formales, pero mayores restricciones en nombre de la seguridad.
Cooperación internacional selectiva, basada en intereses y no en normas universales.
Esta síntesis será atractiva para gobiernos y sectores sociales porque promete orden sin renunciar completamente a la legitimidad electoral. Pero también será inestable.
La autoridad puede aumentar a corto plazo mientras disminuye la confianza; la coerción puede contener conflictos sin resolver sus causas; y la propaganda puede controlar la agenda sin producir bienestar.
Tesis Final
El pensamiento político dominante de los próximos años será probablemente un soberanismo multipolar de orientación nacional-populista y tecnocrática, sostenido por la percepción de que la globalización liberal perdió capacidad para garantizar seguridad, prosperidad y representación.
No será una doctrina única, sino un campo ideológico amplio en el que convergerán la defensa de las fronteras, el fortalecimiento del Estado, la competencia entre potencias, el proteccionismo estratégico y la crítica a las élites transnacionales.
La principal novedad consistirá en que la política mundial dejará de organizarse alrededor de la expectativa de convergencia. En lugar de avanzar hacia un modelo común, los Estados competirán por imponer sus propias reglas, tecnologías, monedas, alianzas y concepciones de legitimidad.
Sin embargo, la multipolaridad no resolverá automáticamente los problemas globales:
puede ampliar la autonomía de los pueblos, pero también fortalecer a las potencias
puede diversificar el poder, pero también multiplicar los conflictos
puede debilitar la hegemonía occidental, pero no garantizar un orden más justo.
El desafío político fundamental será construir instituciones capaces de combinar soberanía democrática, cooperación internacional, justicia social y límites efectivos al poder económico y tecnológico.
El futuro no estará determinado exclusivamente por la potencia que logre imponerse, sino por la capacidad de las sociedades para responder a una pregunta más profunda:
cómo preservar la libertad y la igualdad en un mundo de Estados más soberanos, economías más fragmentadas, tecnologías más poderosas y crisis globales que ningún país puede resolver por sí solo...
Fuente:https://www.bibliotecapleyades.net
