por Christian Cirilli
26 Septiembre 2026

La ONU nació directamente de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, aunque su origen intelectual y político está estrechamente ligado al fracaso de la Sociedad de Naciones.
La idea central fue construir una organización internacional que pudiera hacer lo que la aquella Sociedad no había logrado: impedir una nueva guerra mundial mediante un sistema de seguridad colectiva respaldado por las grandes potencias.
Y, sin embargo, lo que hemos presenciado desde el 22 de septiembre de 2026 en New York, en el marco del inicio del 81º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, fue un desfile poco menos que ordinario de amenazas obscenas contra la paz, como horizonte de convivencia humana, y de desprecio por el derecho internacional y las negociaciones como formas civilizadas de alcanzar acuerdos duraderos.
Ni las solución de las controversias a partir del diálogo, ni el desarme, ni la seguridad colectiva indivisa, mucho menos las sanciones contras los Estados agresores, ya forman parte fundamental de la agenda.
Por el contrario, y de un modo cínico y perverso, asistimos a críticas contra la "inutilidad" de un organismo que fue durante décadas objeto de presiones, condicionamientos y embates por parte de las propias potencias occidentales.