LA ONU ANTE EL IMPERIO DE LA FUERZA

 por Christian Cirilli
26 Septiembre 2026
del Sitio Web ChCirilli

 

 


La ONU nació directamente de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial, aunque su origen intelectual y político está estrechamente ligado al fracaso de la Sociedad de Naciones.

 

La idea central fue construir una organización internacional que pudiera hacer lo que la aquella Sociedad no había logrado: impedir una nueva guerra mundial mediante un sistema de seguridad colectiva respaldado por las grandes potencias.

Y, sin embargo, lo que hemos presenciado desde el 22 de septiembre de 2026 en New York, en el marco del inicio del 81º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, fue un desfile poco menos que ordinario de amenazas obscenas contra la paz, como horizonte de convivencia humana, y de desprecio por el derecho internacional y las negociaciones como formas civilizadas de alcanzar acuerdos duraderos.

Ni las solución de las controversias a partir del diálogo, ni el desarme, ni la seguridad colectiva indivisa, mucho menos las sanciones contras los Estados agresores, ya forman parte fundamental de la agenda.

Por el contrario, y de un modo cínico y perverso, asistimos a críticas contra la "inutilidad" de un organismo que fue durante décadas objeto de presiones, condicionamientos y embates por parte de las propias potencias occidentales.



De hecho, desde el fin de la Guerra Fría y el colapso del bloque socialista, la ONU ha sido progresivamente condicionada por las políticas de poder del Occidente Colectivo, relegando crecientemente su pretensión de ecuanimidad en favor de la lógica del denominado "orden internacional basado en reglas".

Y cuando ello no ha sido posible, ya sea por el ejercicio del derecho de veto en el Consejo de Seguridad o por el carácter no vinculante de las resoluciones de la Asamblea General - que señalan una oposición de mayorías - tampoco ha constituido un impedimento para emprender escandalosas campañas militares, como la agresión contra Yugoslavia en 1999 - que contribuyó a redefinir la raison d'être de la OTAN - y las invasiones estadounidenses de Afganistán, en 2001, e Irak, en 2003, al margen de toda autorización expresa del Consejo de Seguridad.

En este momento de "líneas de fractura" abiertas en Ucrania y Medio Oriente, cuyas ramificaciones amenazan con desbordar sus respectivos escenarios y transformarse en verdaderos conflictos de alcance mundial, el propio mandatario estadounidense - al frente de una nación directamente implicada en ambos frentes - insiste en la confrontación bélica como instrumento para imponer un statu quo favorable, relegando a un segundo plano cualquier consideración ética o humanitaria.

Por consiguiente, la 81ª Asamblea General de la ONU llega con un fracaso a cuestas que resulta imposible soslayar: no haber logrado impedir que una guerra (potencialmente) de alcance mundial se consolide paulatinamente, con ramificaciones cada vez más peligrosas. Porque, a diferencia de la conflagración generalizada de 1937-1945, [1] hoy existen armas capaces de poner en riesgo la supervivencia de la humanidad.

Lo que observamos en la actualidad es lo que el maestro Luiz Alberto Moniz Bandeira definía como "El desorden mundial":

las grandes potencias, aquellas que ocupan de manera permanente el Consejo de Seguridad, se enfrentan cara a cara por la hegemonía global, o bien, si se prefiere, por procurar relaciones "multipolares" o contra-hegemónicas, en un escenario de creciente tensión y con riesgos de alcanzar una gran magnitud.

La guerra en Ucrania, atribuida a una dinámica de expansión y confrontación impulsada por Occidente con el objetivo de contener y "derrotar estratégicamente" a Moscú, sumada ahora a la guerra regional en Asia occidental, marcada por las campañas de exterminio israelíes - en especial el vergonzoso genocidio a cielo abierto de Gaza - y el ataque conjunto sorpresivo israelo-estadounidense contra Irán, constituyen, obviamente, los temas candentes que no pueden quedar al margen de las deliberaciones.

Sin embargo, existen otros temas muy actuales como la peligrosa masificación de la inteligencia artificial, [2] la producción de alimentos, el cambio climático, la militarización espacial, el rol de la mujer, el concepto de soberanía y hasta la superpoblación, que deben ser atendidos convenientemente.

La 81ª Asamblea General de la ONU llega, entonces, en un momento de extrema convulsión internacional, apenas después de la reunión de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) y de la cumbre de los BRICS, con Rusia y Ucrania en el pico de los combates, Alemania amenazando con sumarse alegremente al ruedo y el mundo a la espera de una eventual reanudación de la guerra a gran escala entre Estados Unidos e Irán.

Lo cierto es que, desde la ruptura de la bipolaridad en 1990-1991, hemos sido testigos del auge supremacista de "los vencedores", que no dudaron en ejercer con particular intensidad su poder unipolar, sustentado en la primacía militar y el predominio económico-financiero.

 

Conceptos como "Globalización", "Fin de la Historia" y "Pensamiento Único" acompañaron una etapa de fuerte intervencionismo - tanto territorial como económico, signado por la ola de privatizaciones, fusiones y adquisiciones - junto con un discurso legitimador articulado alrededor de la democracia, la intervención humanitaria, el libre mercado, la seguridad internacional y el "orden internacional basado en reglas".

 

A ello se sumaron los llamados "consensos", como el de Washington, y la expansión de estructuras militares como la OTAN, que extendieron su radio de acción mucho más allá de los límites originales de la Guerra Fría.

Eso es, precisamente, lo que se traslució en algunos discursos de tono grandilocuente y belicista, como los pronunciados por Trump y Netanyahu.

Ese período, por supuesto, tuvo su correlato en la creciente orientación de buena parte de los debates y resoluciones de la ONU hacia las posiciones de las potencias occidentales.

 

Nada escapa al signo de los tiempos, definitivamente.

Pero, de igual manera, el ascenso meteórico de China, su asociación estratégica con Rusia y el creciente esfuerzo de ambos por promover una arquitectura internacional en la que el Sur Global tenga mayor participación en las decisiones, las instituciones y los mecanismos de deliberación, comenzaron a introducir, aunque todavía tímidamente, una cuestión que durante décadas había permanecido en los márgenes del sistema de Naciones Unidas:

la multipolaridad...
 

 

El propio secretario general de la ONU, António Guterres, reconoce que el tránsito hacia un mundo multipolar es irreversible.

Pero advierte que ese proceso puede desembocar en una creciente fragmentación y confrontación, con mercados fracturados, instituciones debilitadas y menor cooperación, o bien avanzar hacia una "multipolaridad interconectada": un orden basado en la interdependencia y en la coexistencia de múltiples centros de poder dentro de un marco común de derecho internacional y normas compartidas.

El problema es que la dinámica actual se está inclinando peligrosamente hacia la primera alternativa.

 


Por supuesto, la forma más concreta de traducir esa idea en el seno de la ONU sería "abrir" el Consejo de Seguridad a una representación más acorde con la actual distribución del poder, incorporando de manera permanente a países de peso e influencia como,

India, Brasil, Alemania, Japón, Corea del Sur, Australia, Canadá o Sudáfrica,

...por nombrar algunos ejemplos.

En ese sentido, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva señaló una vez más la necesidad urgente de modificar el Consejo de Seguridad, pronunciando uno de los discursos más sintéticos y a la vez abarcadores, en el que prácticamente no dejó ningún asunto relevante en el tintero y fijó una posición de marcado contenido moral, tanto en defensa de los intereses nacionales de Brasil como de los principios que, a su juicio, deberían regir una convivencia internacional saludable y respetuosa entre las naciones.
 

 

 

Extracto inicial del discurso del presidente brasileño Luiz Inácio da Silva, quien no ahorró críticas al accionar criminal de Netanyahu en Gaza y tampoco dejó pasar la oportunidad de fijar posición frente a las renovadas tentaciones hegemónicas de Estados Unidos en América Latina.

En ese sentido, recalcó que "En Cuba, el mundo observa con horror cómo se impone un castigo colectivo a 10 millones de personas a través de un bloqueo económico y energético ilegal" para luego acotar que "Brasil no cabe en el patio trasero de nadie", en alusión al injerencismo de Trump en las elecciones presidenciales venideras.



Pero desafiando las palabras del "llamado a la multipolaridad" de António Guterres y Lula da Silva, y desconocedor de los principios fundamentales de la Carta de las Naciones Unidas - cuya arquitectura Estados Unidos contribuyó decisivamente a construir - el presidente Donald Trump pronunció un discurso,

cargado de amenazas y descalificaciones, difícil de conciliar con una tribuna que, a lo largo de su historia, ha sido escenario de llamados a la reflexión, al diálogo y a la justicia.

En los hechos, Trump habló prácticamente como un "dueño del mundo", ignorando flagrantemente los derechos y los intereses de los demás países.

 

La escena me remitió al discurso pronunciado por Hugo Chávez el 20 de septiembre de 2006, durante la 61ª  Asamblea General de la ONU, cuando, desde esa misma tribuna y en referencia a George W. Bush, sostuvo que el presidente estadounidense había hablado "como dueño del mundo".

 

Para ciertas investiduras presidenciales, pasan los años, cambian los nombres, pero las mañas permanecen...

 

 

 

En 2006, con un estilo desfachatado pero valiente, Hugo Chávez, denunció que George W. Bush habló en la ONU "como dueño del mundo".

¿Qué diría hoy este primer mandatario de las palabras de Donald Trump?

 


Trump comenzó exaltando, sin pudor, la formidable potencia de su propio país, "intertextuando" que el Hegemón indeclinable seguiría siendo Estados Unidos y que, desde esa posición, no permitiría ninguna digresión de su esfera de influencia:

 

 

 

Lejos de poner el formidable poderío estadounidense al servicio de la construcción de un sistema-mundo equilibrado, Donald Trump abrió su discurso haciendo una ostentosa exhibición del poder de su país.

 


Acto seguido, casi como un correlato de aquel vergonzoso discurso, plagado de falsedades históricas y prejuicios, pronunciado desde un búnker el 28 de febrero de 2026, volvió a arremeter contra la República Islámica de Irán, un país que jamás inició una agresión contra Washington y que, paradójicamente, se encontraba negociando con Estados Unidos cuando fue atacado:

  • primero durante las conversaciones nucleares que precedieron a Midnight Hammer, el 20 de junio de 2025

     

  • y nuevamente en el marco de los esfuerzos diplomáticos que se desarrollaban antes de Epic Fury, el 28 de febrero de 2026.

 

 

Trump presentó a su gestión como la única que "tomó el toro por las astas", atreviéndose a enfrentar al que calificó como "promotor del terrorismo": Irán.



Luego, lanzó una amenaza de particular gravedad - ¿el empleo de armamento nuclear? - recurriendo a un lenguaje de abierta extorsión y tono criminal:
 

 

 

Increíble amenaza cuasi-mafiosa de un jefe de Estado. Esta es la representación más acabada de la decadencia moral de Occidente.



Solo un jefe de Estado se había referido así en ese estrado:

el mismo Donald Trump.

 

El 19 de septiembre de 2017 ya había advertido que Estados Unidos no tendría otra alternativa que "destruir totalmente" a Corea del Norte.

 

Pero, claro, el diminuto país asiático posee armas nucleares; y con una potencia nuclear no parece prudente llevar la confrontación hasta el límite.

Sin embargo, esto ha vulnerado cualquier nivel de decencia:

prácticamente Trump está admitiendo, en el órgano creado para preservar la legalidad y la justicia, y cuyo propósito final es evitar guerras, que procederá a realizar un ataque atroz - probablemente nuclear, insisto - contra un país que se niega a abandonar su soberanía y arrodillarse ante el Hegemón.

En la misma lógica, Trump también se ufanó de su operación militar en Venezuela, ante la impasividad de la presidente interina Delcy Rodríguez, que estaba en la sala ciertamente humillada:

En enero, bajo mi dirección, las FFAA estadounidenses llevaron a cabo una operación militar masiva que penetró profundamente en la capital venezolana, Caracas.

 

Descendieron sobre una base militar fuertemente defendida y fortificada que se suponía que era inexpugnable contra ataques, y arrestamos al dictador forajido, el verdadero criminal Nicolás Maduro...

 

Estamos trabajando estrechamente con los líderes de Venezuela para forjar un futuro mejor para el pueblo venezolano.

 

El mes pasado firmamos el mayor acuerdo petrolero de la historia, que cubre 65.000 millones de barriles de petróleo, lo que beneficiará a Venezuela y a Estados Unidos, y ayudó a reducir el coste de la energía en todo el mundo...

 

Si sumamos a Estados Unidos y Venezuela, tenemos más del 60% del petróleo mundial. Fue una guerra, pero quizás sea el mayor trato jamás hecho. Al vencedor le pertenece el botín. [3]

Por cierto, eso no impidió que Delcy se reuniera en una bilateral con Trump.
 

 

Delcy Rodríguez con Donald Trump. Del narco-Estado al petro-Estado asociado a Estados Unidos. De la recompensa por terrorismo a la legitimación política. ¡Cuánto ha pasado desde aquel enero...!


 

Extendió poco después sus amenazas al vecindario latinoamericano:

  • a México, al que acusó de permitir que los cárteles controlaran parte de su territorio

  • a Cuba, cuyo gobierno presentó como un refugio desde el cual adversarios extranjeros "amenazan a Estados Unidos", admitiendo, además, que está sofocándola...
     

 

La delegación cubana se retiró del recinto apenas Trump hizo referencia a su país en términos denigrantes.

La delegación venezolana, en cambio, permaneció impávida en su lugar y tuvo que escuchar cómo el presidente estadounidense reivindicaba la vieja lógica de que al vencedor corresponden los despojos: las riquezas de Venezuela como "botín del vencedor".

 

 

Así como Trump se muestra dispuesto a desafiar los límites de la legalidad internacional y a reimplantar el uso de la fuerza como argumento suficiente para "tomar el botín", tampoco resulta casual que haya arremetido contra la Corte Penal Internacional (CPI), especialmente después de que esta adoptara medidas contra Benjamin Netanyahu.

Finalmente, hizo alusión a la "superinteligencia" (IA); a la que no frenará para no perder la pulseada con China.

Son las mismas personas (que anunciaban el calentamiento global) que ahora dicen que la IA nos va a matar a todos, que los robots nos van a atacar y que todo va a ser un desastre total.

 

No voy a frenar el crecimiento de algo que será más grande que la revolución industrial. Pero solo fomentaremos la superinteligencia.

 

Vamos a fomentarlo, no a frenarlo...

Comentario especial merece la delegación iraní que, sin temor por el destino de sus propias vidas, acudió a territorio estadounidense bajo una Administración que ha convertido la transgresión de las normas internacionales y el desconocimiento de la inmunidad diplomática en una práctica recurrente.

 

Recordemos que, a relativa poca distancia de la sala de sesiones, permanece cautivo en una celda, luego de su secuestro, el presidente venezolano elegido democráticamente Nicolás Maduro.

Un día después de que Trump amenazara con "aniquilar rápidamente" Irán por "ser un promotor del terrorismo", Pezeshkian le indicó:
 

 

 

El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, señaló el 23 de septiembre ante la Asamblea General de la ONU los atropellos de Estados Unidos e Israel:

ataques contra población e infraestructura civil, magnicidio, decapitaciones políticas y la utilización de la fuerza al margen de cualquier mandato del Consejo de Seguridad.

Y expuso el cinismo que busca colocar a Irán, víctima de esos ataques, como amenaza terrorista. De manera irrespetuosa, la delegación estadounidense se fue de la sala.


 

Irónicamente, entre los presentes también se encontraba Siria, representada por Ahmed al-Charaa, un presidente de transición que jamás fue elegido democráticamente y cuyo pasado como dirigente de una organización yihadista vinculada a Al Qaeda está ampliamente documentado.

 

Paradójicamente, quien hasta hace poco figuraba en las listas de terrorismo de Estados Unidos, con una recompensa sobre su cabeza de 10 millones de dólares, ahora ocupaba un lugar en la misma escena diplomática internacional desde la que se señala a otros Estados como "amenazas terroristas".

 

El presidente interino sirio, Ahmed al-Charaa, ex ISIS ex Al-Qaeda, en la ONU. Sobre el no hubo ninguna acusación de terrorismo.

 

 

En los márgenes de la Asamblea General de la ONU, Trump se reunió con los vasallos de los países que integran el denominado "Escudo de las Américas" (Shield of the Americas),

una coalición hemisférica promovida por Washington para "coordinar la lucha contra los cárteles y el crimen organizado transnacional" con la obvia intención de disciplinar "lo que queda de América" (Cuba, México, Brasil) .

Allí estuvieron Donald Trump (con Marco Rubio y Scott Bessent),

  • el argentino Javier Milei

  • el chileno José Antonio Kast

  • el ecuatoriano (presuntamente ligado al narcotráfico) Daniel Noboa

  • el guyanés Irfaan Ali

  • el hondureño Nasry Asfura

  • el boliviano Rodrigo Paz

  • el paraguayo Santiago Peña

  • la peruana Keiko Fujimori

  • el dominicano Luis Abinader

  • el vicepresidente colombiano José Manuel Restrepo

 

Los exultantes presidentes latinoamericanos que se han alineado con el discurso intervencionista de Washington en América Latina, con México, Cuba y Brasil particularmente en la mira.

De izquierda a derecha: Kast (Chile), Noboa (Ecuador), Peña (Paraguay), Paz (Bolivia), Abinader (República Dominicana) y Milei (Argentina).

 

 

Con delicioso sarcasmo, la presidente mexicana Claudia Sheinbaum se refirió a los omitidos condicionantes que tiene su país para librar la lucha contra los cárteles.
 

 

 

Sheinbaum no acusa:

condiciona...

"Podría decir..." es la fórmula que elige para devolverle a Washington el espejo:

consumo de drogas y producción de armas, problemas que Washington debería atender antes de erigirse en fiscal de sus vecinos.



Por supuesto, no podía faltar la posición de Rusia, enmarañada en una guerra contra la OTAN en Ucrania, con potencial de desperdigarse por toda Europa.

El canciller Serguéi Lavrov habló ante el Consejo de Seguridad de la ONU el 23 de septiembre de 2026, durante una reunión de alto nivel dedicada a Ucrania, y luego volvió a tomar la voz el 26 ante la Asamblea General. Básicamente dejó establecido que:

  • Rusia no aceptará una pausa de las operaciones militares, por sus experiencias pasadas como la emboscada de los Protocolos de Minsk.
     

  • Rusia está dispuesta a una paz duradera, pero vinculada a las "causas profundas" del conflicto y a sus objetivos de seguridad.
     

  • Para Rusia, Europa es el principal obstáculo para una solución. La acusó de prolongar el conflicto y de prepararse para ingresar en una guerra generalizada con Moscú.

A propósito de partes, Volodimir Zelenski también estuvo en New York, donde mantuvo una bilateral de unos 40 minutos con Trump.

 

Allí volvió a reclamar la mediación estadounidense para reactivar las negociaciones con Moscú y propuso una tregua recíproca sobre los ataques contra instalaciones energéticas, mientras solicitó además sistemas Patriot para afrontar el invierno.

 

Zelenski reiteró asimismo su disposición a participar en una eventual reunión trilateral con Trump y Putin.

 

Probablemente ninguna de sus demandas será admitida por Rusia.
 

 

Trump dijo que un acuerdo de paz sobre Ucrania es posible, pero se desconoce sobre qué pilares. "Creo que llegarán a un acuerdo. No quiero decir en qué consistirá", dijo.

 


Ante la Asamblea, Lavrov hizo alusión al orden mundial y afirmó que estaba emergiendo ante nuestros ojos un mundo más justo y multipolar.

 

 

Lavrov directamente acusó a Occidente de pretender convertirse en Hegemón y hacer cualquier cosa para impedir la multipolaridad.

 


El día 26, en medio de rispideces y acusaciones con Alemania, hubo una reunión marginal a puerta cerrada de 20 minutos entre Lavrov y Johann Wadephul, constituyendo el primer encuentro de ministros de Exteriores de Rusia y Alemania desde 2022.

 

No se sabe el resultado de la reunión, pero el hecho de que conversen directamente dos países que están en los albores de una guerra es una luz de esperanza.
 

 

Lavrov y Wadephul se reunieron, pero el ánimo entre rusos y alemanes está definitivamente caldeado.



En asuntos de Medio Oriente, la participación estelar se la llevó el presidente turco Recep Tayyip Erdoğan y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu.

El 22 de septiembre, Erdoğan criticó la exclusión de Mahmoud Abbas y de la delegación palestina de la Asamblea General, [4] y volvió a exigir el reconocimiento del Estado de Palestina.

 

También condenó los "bombardeos sionistas" contra Líbano.

 

Pero, si Ankara pretende que sus palabras tengan algún peso político, debería acompañarlas con hechos: interrumpir efectivamente el suministro de petróleo y de otros bienes estratégicos a Israel.

 

De lo contrario, todo corre el riesgo de quedar reducido a pura retórica para la tribuna.
 

 

Turquía e Israel aparecen cada vez más cruzados por sus intereses estratégicos en Siria.

En New York, al comenzar Erdoğan su discurso, la delegación israelí abandonó la sala.

El presidente turco denunció con extrema dureza la situación en Gaza, habló de una "mentalidad genocida" y condenó también la ofensiva israelí sobre Líbano.

Pero aunque Ankara afirma haber suspendido completamente el comercio con Israel desde mayo de 2024, persisten acusaciones sobre las vías indirectas por las que determinados productos y flujos comerciales estarían llegando a territorio israelí.

 

 

El día 24, tomó la posta Netanyahu.

 

Con su habitual fanfarronería, señaló de cobardes a quienes se retiraban del recinto en repudio a su presencia.
 

 

 

Netanyahu desafía a las 77 delegaciones que no quisieron escucharlo. Sin embargo, la delegación israelí se retiró al hablar Pezeshkian y Erdoğan.

En una respuesta amenazante, los delegados israelíes tomaron nota de las delegaciones que abandonaban el auditorio.


 

Con un cinismo ilustrado, negó que Israel haya cometido genocidio en Gaza, donde nada menos que (siendo prudentes) 85.000 personas han muerto bajo las bombas y el asedio medieval hebreo.

Acusar a Israel de genocidio es la mayor mentira del siglo.

 

Si quieren saber lo grande que es esta mentira, si quieren saber lo absurdo que es todo esto, escuchen al coronel John Spencer. Es jefe de Estudios de Guerra Urbana en West Point. Se le considera el mayor experto mundial en guerra urbana.

 

Esto es lo que dice el coronel Spencer:

"Israel ha hecho más por evitar víctimas civiles en la guerra que cualquier otro ejército de la historia".

Hemos tomado innumerables medidas para proteger a la población civil.

¿Es esto un genocidio?

Por supuesto que no. Es todo lo contrario...

Israel ¿no cometió un genocidio.

 

Israel evitó un genocidio...!

En una celebración de sus conquistas militares, Netanyahu presentó a Israel como víctima de una confabulación destinada a "borrarlos de la faz de la Tierra".

 

Pero, acto seguido, reivindicó la capacidad de la maquinaria militar israelí para sostener simultáneamente una guerra en siete frentes:

  • Hamás

  • Hezbolá

  • los hutíes

  • Irán

  • las milicias proiraníes de Irak y Siria

  • los grupos palestinos de Judea y Samaria (Cisjordania)...

En un gesto deliberadamente provocador, levantó además un pager - el dispositivo de comunicación asociado a las explosiones de septiembre de 2024 contra miembros de Hezbolá - y preguntó a la audiencia:

"¿Recuerdan los beepers?".

La exhibición funcionó como una demostración simbólica del alcance de la inteligencia y de la capacidad israelí para penetrar los sistemas de comunicación de sus adversarios.

 

¿Una amenaza para los que abandonaron la sala...?

Acto seguido cargó las tintas contra Qatar, en particular, por el papel de Al Jazeera, a quien acusó de "lavar el cerebro" de jóvenes para que odien a Israel.

 

En la misma tesitura, ahora ingresa Turquía. No es casual que ambos países son parte de la Hermandad Musulmana.

(Erdoğan) ha asesinado a miles de civiles kurdos. Niega el genocidio armenio.

Encarcela a periodistas y líderes de la oposición.

De hecho, creo que ostenta el récord mundial en esto, y eso es decir mucho. Pero creo que es el número uno.

 

Ocupa ilegalmente el norte de Chipre, un Estado miembro de la UE, y transgrede regularmente los límites de Grecia, miembro de la OTAN. Ahora quiere apoderarse de Siria.

 

No es de extrañar, ya que pide la destrucción de Israel casi todos los días.

Dice que va a ser el gobernante de Jerusalén...

Copiando a Trump, sostuvo que,

"Nunca Israel ha sido tan fuerte. Nosotros no tenemos miedo, pero les diré quiénes sí lo tienen. Los tiranos de Teherán.".

Mientras decía esto, la delegación iraní dejaba un retrato del general Qassem Soleimani, el gran arquitecto del Frente de la Resistencia, que fuera asesinado por orden de Trump en Bagdad y a pedido explícito israelí.

Netanyahu volvió a desplegar su habitual discurso glorificador, nacionalista y belicista, construido sobre la exaltación de la fuerza militar israelí y la reivindicación de su propia actuación.

 

La legalidad internacional quedó desplazada por una narrativa en la que Israel aparece permanentemente como víctima, sus acciones militares como necesidad defensiva y sus adversarios como responsables de las amenazas que enfrenta.

 

Más que responder a las acusaciones y cuestionamientos, el discurso procuró convertir las críticas en "mentiras", presentar a Israel como una mera víctima de una campaña internacional de desinformación y trasladar la responsabilidad de la devastación regional hacia sus adversarios.

 

Por cierto, Israel tiene el récord en vulnerar las resoluciones de la ONU.

En ese sentido, tanto el discurso de Netanyahu como el de Trump ante la Asamblea General ofrecieron una concepción particularmente confrontativa del orden internacional: la fuerza militar, la excepcionalidad nacional y la propia interpretación de los hechos por encima de los mecanismos multilaterales y del derecho internacional.

 

Más que discursos dirigidos a una comunidad internacional plural, fueron intervenciones destinadas a reafirmar una narrativa de poder frente a esa misma comunidad.

Y es esta realidad espeluznante la que expone, una vez más, el fracaso de la ONU: convertida en un escenario donde las grandes potencias pueden desplegar, impúnemente, proclamas de guerra, amenazas y extorsiones, mientras reciben el aplauso emocionado de sus respectivos vasallajes.

 

Frente a ello, otros actores intentan, con enormes dificultades, abrirse paso hacia posiciones de mayor equidad y equilibrio, reivindicando un orden internacional regido por normas comunes, previsibles y aplicables a todos, y no por reglas acomodadas al capricho de los poderosos.

Como dijo claramente Lula da Silva en la reunión CELAC-África:

¿Cuándo va a convocar la ONU una reunión extraordinaria para que podamos decidir cual es el papel de los miembros del Consejo de Seguridad? ¿Por qué no se renueva?

 

¿Por qué no están más países representados en el Consejo de Seguridad de la ONU?

 

Estoy, como ser humano, como demócrata, y como presidente de Brasil, indignado con la pasividad de los miembros del Consejo de Seguridad, que no fueron capaces de resolver el problema de la Franja de Gaza, el de Irak, el de Libia, el de Ucrania, el de Irán.

 

Es decir, todo se resuelve por la guerra. Quien tiene más cañones, más naves, más aviones, más dinero creen que son los dueños del mundo.

 

¿Cuándo vamos a decir nosotros que esto no es normal?

La pregunta de Lula es mucho más profunda que una crítica circunstancial al Consejo de Seguridad:

¿Quién gobierna el mundo cuando las instituciones creadas para impedir la guerra dejan de poder - o de querer - impedirla?

Ochenta y un años después de su creación, aquella promesa de evitar guerras está en terapia intensiva.

 

El problema más grave es que la lógica que la ONU debía contener vuelve a presentarse como norma de conducta: los poderosos se reservan el derecho de definir unilateralmente qué constituye una amenaza, cuándo una guerra es legítima, qué soberanía merece ser respetada y qué país debe pagar el precio de la voluntad de otro.

Mientras la ONU intenta recuperar confianza, el mundo real parece alejarse cada vez más de las condiciones que harían posible esa confianza.

 

El propio presidente de la Asamblea, Khalilur Rahman, advirtió que la eficacia de la Organización queda cuestionada cuando el Consejo de Seguridad no puede actuar.

 

Guterres, por su parte, describió un mundo de fracturas crecientes y advirtió que la multipolaridad puede derivar en una fragmentación.

Por eso, quizás el dilema de nuestro tiempo no sea simplemente reformar la ONU, sino decidir qué clase de orden internacional queremos construir.

Uno en el que la fuerza militar, el poder financiero y la capacidad de coerción determinen los límites de la soberanía; o uno en el que ninguna potencia - por poderosa que sea - pueda colocarse por encima de las normas que pretende imponer a los demás.

 

 

 

Referencias

  1. A diferencia de la historiografía occidental, que convencionalmente sitúa el inicio de la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939, con la invasión alemana de Polonia, una perspectiva más amplia de la conflagración mundial remonta su comienzo a julio de 1937, cuando Japón lanzó su invasión a gran escala de China.


     

  2. Ingenieros de IA han advertido de algo que ya está ocurriendo a nivel experimental: las redes neuronales han mostrado signos de liberarse del control humano.

     

    Ha desobedecido órdenes, formado enjambres con otros agentes IA, creado sus propias leyes, encubierto sus huellas, hackeado otras redes y amenaza con convertirse en entidades independientes alcanzando la "superinteligencia".

     

    Geoffrey Hinton cree que hay un 10 % de posibilidades de que la IA acabe con la humanidad.


     

  3. La frase "To the victor belong the spoils" está asociada al senador estadounidense William L. Marcy, quien la pronunció en 1832, defendiendo el llamado spoils system:

la idea de que el partido vencedor en una elección podía distribuir cargos públicos entre sus partidarios.

La expresión tiene, sin embargo, un origen más antiguo:

evoca la máxima latina "victoribus spolia" - los despojos pertenecen a los vencedores - y la tradición según la cual el vencedor de una guerra se apropia del botín.
 

  1. Estados Unidos negó las visas a Mahmoud Abbas y a otros integrantes de la delegación palestina, por lo que Abbas no pudo estar físicamente en New York.

     

    La Asamblea General aprobó el 17 de septiembre que pudiera intervenir mediante un discurso pregrabado, que fue proyectado en el recinto. La resolución fue aprobada por 152 votos contra 3.

     

    Paradójicamente, un criminal de guerra como Netanyahu, acusado por la CPI y la CIJ [Corte Internacional de Justicia], pudo subir al estrado.

 

 Fuente:https://www.bibliotecapleyades.net