SENTADO EN LA PLAYA, mientras uno observa a las personas que pasan, dos o tres parejas y una mujer sola, parece que toda la naturaleza, todo lo que a uno lo rodea, desde el profundo mar azul a aquellas altas montañas rocosas, también está observando. Estamos observando, sin aguardar nada, sin esperar que algo ocurra, sino solo observando sin fin. En esa observación hay un aprender, no la acumulación de conocimientos mediante al aprendizaje que es casi mecánico, sino una observación atenta nunca superficial sino profunda, viva y afectuosa; entonces no existe ahí un observador. Cuando hay un observador, éste es meramente el pasado que observa, y eso no es un observar sino sólo un recordar; es, más bien, una cosa muerta. La observación es algo tremendamente vital, un vacío de instante en instante. Esos pequeños cangrejos y esas gaviotas y todos esos pájaros que pasan volando, observan. Están vigilando a la presa, al pez, a algo para alimentarse; ellos también observan. Pasa alguien muy cerca de uno y desea saber qué estamos observando, Nada, y en esa nada está todo.