Omraam M. Aivanhov - El río de la vida.

Todo el mundo ha contemplado un río, pero pocos son los que han reflexionado sobre la correspondencia que hay entre el río y nuestra existencia. La sola imagen de un río puede bastar para encontrar la solución a todos nuestros problemas. Sí, pero para ello hay que ser capaz de observar todas las manifestaciones de la naturaleza uniéndolas, vivificándolas y considerándolas como un sistema organizado en el que todos los detalles tienen su significado.

El río es un símbolo de la vida. Nace en las montañas, y su manantial se halla siempre en las alturas. El río une la montaña con el mar, con un océano o con un lago, une lo que se encuentra más alto con lo que está abajo. Es el intermediario entre las montañas y los mares. Donde fluye un río, encontramos una cultura aposentada, porque los ríos hacen circular la vida. Allá donde el agua fluye, circula la vida. Si estudiáis la historia, constataréis que en todas partes donde han fluido grandes ríos, han florecido también grandes civilizaciones. Por el contrario, allá donde los ríos se secan, las civilizaciones desparecen.

Si interpretamos esta imagen del río, veréis cuántas cosas podemos descubrir. El río tiene su fuente en la montaña y después desciende al llano. Cuando la fuente nace, su agua es todavía pura y cristalina, pero poco a poco, al descender, cruza varias regiones, y como los habitantes de estas regiones no son muy escrupulosos, tienen por costumbre tirar todos los desechos al río sin pensar en los habitantes de las regiones inferiores, estos se verán obligados a beber un agua contaminada. Por lo demás, éstos hacen lo mismo. Por ello, cuando el agua llega al llano, incluso podemos morimos si la bebemos.

¿Qué representa un río? Es uno de los símbolos más profundos. Es el río cósmico mencionado en el Apocalipsis, el río de la vida que da de beber a todos los seres. Este río desciende hasta nosotros a través de todas las jerarquías angélicas -los Serafines, los Querubines, los Tronos, las Dominaciones, los Potestades, las Virtudes, los Principados, los Arcángeles, los Angeles -, y cada una de ellas le aporta sus cualidades y sus virtudes. El río atraviesa la región de las almas gloriosas, de los profetas, de los grandes Maestros, de los Iniciados, de todos aquellos que han alcanzado la sabiduría, la pureza, la santidad, nutriéndoles, dándoles de beber y vivificándoles.

Pero cuando el río desciende hasta las regiones de los hombres vulgares, le ocurre lo mismo que al río que desciende de la montaña, al cual no cesan de tirar desechos.

Desde la fuente hasta el mar, el río representa una jerarquía, y esta jerarquía podemos ser nosotros mismos, desde la cima, nuestro Yo divino, hasta los planos inferiores: los cuerpos mental, astral y físico. Los seres humanos, a través de sus pensamientos, sus sentimientos y sus actos, sin saberlo, no cesan de proyectar suciedades en este río que es la vida, con lo cual se ven obligados a absorber los desechos unos de otros. La imagen del mundo es la de un río contaminado, en donde todos echan sus rencores, sus maldades, su cólera.

Al igual que el agua, la vida se colorea, se contamina o se purifica según las regiones por las que pasa. Pero ya sea pura o contaminada, la vida es siempre vida. Pero posee sus grados, y según las regiones por las que pasa y las seres que las habitan, adquiere talo cual propiedad. No todo el mundo recibe la misma vida del río. A menudo se oye decir a la gente: «¿Qué quieres? 

¡No se puede hacer nada, es la vida!» Sí, claro, es la vida, pero, ¿a qué vida se refieren? ¿A la vida del sapo, del jabalí, del cocodrilo? ... ¿O a la vida de los ángeles?

Esta vida que proviene de Dios tiene diferentes grados, y desciende hasta las regiones subterráneas para alimentar a los seres inferiores. Sí, alimenta incluso a los diablos, de lo contrario, ¿de dónde creéis que habrían recibido la vida? De no haber sido así, hubiera sido necesario que otro Dios creara otra vida, es decir, que hubiera un rival de Dios, tan poderoso o incluso más poderoso que El. Sólo hay un Dios, el cual alimenta incluso a los diablos. Aunque los diablos no reciben el alimento más puro, deben conformarse con lo que queda, y lo que queda está sucio, contaminado, viciado. Es el destino de todos los seres subterráneos: deben conformarse con roer algunos de los residuos que rechaza la vida divina.

Para comprender todo esto, basta con ver lo que ocurre en la tierra con los vagabundos. Los vagabundos se alimentan de lo que encuentran en los cubos de la basura, y esos pobres seres están aquí para darnos una lección. Nos dicen: «Observadnos, no hemos querido aprender a trabajar y ahora nos vemos reducidos a ir de cubo en cubo buscando los residuos abandonados por la gente, por seres más afortunados que nosotros. Somos una imagen de los seres subterráneos que deben contentarse con los residuos de la vida celestial.» De esta manera los vagabundos dan una lección al mundo entero, pero, ¿quién comprende su lenguaje? Diréis:

«Pero, ¡cómo! ¿Dios alimenta a los seres que están en el Infierno?» Evidentemente, ya sé que esta idea sorprenderá a algunos, pero hay que reflexionar: estos seres inferiores, estos demonios que vienen a atormentar a los seres humanos, ¿de dónde habrían conseguido la vida? Sólo Dios crea la vida y la distribuye. Si otros seres pudiesen fabricar la vida, serían tan poderosos como Dios. En realidad Dios no tiene rival alguno, nadie puede enfrentársele. Y, sobre todo, no necesita la ayuda de los hombres para luchar contra los espíritus del mal. Sólo El mantiene la vida con su poder, y su generosidad le impide dejar morir a cualquier ser, incluídos los más inferiores. ¿Por qué? Porque están a su servicio.

Sí, los diablos están al servicio de Dios. Cuando alguien debe recibir una lección, no es el propio Dios el que la da, sino que pide a sus servidores justicieros, los diablos: «Id a ver a tal o a cual, sacudirle un poco para hacerle reflexionar». Y- si el Señor quiere que sus servidores trabajen, hay que alimentarles. Evidentemente, no son las mejores tajadas, ni las más grandes las que les caerán del Cielo, pero recibirán alimento. Y así es como puedo explicaros que la generosidad de Dios contiene la extraordinaria esperanza de que aún estos seres desposeídos, si se purifican y se arrepienten, volverán un día a El. No me creéis, pero es la verdad. La gente es tan cruel que no quiere que los diablos mejoren; piensan que deben quemarse en el Infierno eternamente. No; el Señor cree que sentarán la cabeza y volverán a El. Y como tiene una paciencia infinita, no tiene prisa, y es por ello que todavía existen diablos que atormentan a los seres humanos. 

Llegará el día en que no podrán atormentar a nadie porque estarán maniatados: y este tiempo se acerca.

Os prenguntáis cómo sé todo esto... Sencillamente, lo sé porque lo he leído. ¿Dónde?

Ciertamente no lo he leído en los libros de los seres humanos. No confío en los libros de los seres humanos, me han decepcionado demasiadas veces los errores y las incoherencias que encuentro en ellos, y ya no pierdo más el tiempo leyéndolos. Ahora sólo leo en el libro de la naturaleza viva, y en él he descubierto que el amor de Dios, la vida de Dios desciende hasta las profundidades de la tierra y de los abismos. Incluso ahí hay algunas partículas de vida, ya que, en caso contrario, ningún ser podría subsistir en estas regiones. Diréis: «¡Sin embargo, los hombres crean la vida!» No, la vida proviene de Dios, el hombre no hace otra cosa que transmitida. El hombre no puede crear la vida: si supieran creada, no morirían. El hombre sólo transmite la vida para un tiempo determinado, pero por sí mismo no es capaz de crear la vida.

Pero volvamos a la imagen del río. Os decía que el río de la vida divina desciende hasta las profundidades de la tierra... y allá abajo se purifica de todos los desechos que ha acumulado en el camino - ya que existen fábricas bajo tierra con toda clase de tamices y de transformadores - y de nuevo, bajo otra forma, esta vida retorna hacia arriba. Lo mismo le sucede al agua que desciende de las montañas; llega al mar sucia, turbia y contaminada, pero bajo los rayos del sol se evapora, asciende, se convierte en una nube y después vuelve a bajar bajo forma de lluvia, de nieve o de rocío. El mismo fenómeno ocurre en la circulación de la sangre: la sangre sale pura de los pulmones, pasa por el corazón, el cual la envía a todos los órganos, en los que se carga de desechos, y después vuelve a los pulmones para purificarse. La circulación de la sangre en el cuerpo, la circulación del agua en la tierra: éste es el libro de la naturaleza que leemos. La naturaleza es el libro en el que Dios ha escrito todas sus leyes. 

Dios se expresa a través de los fenómenos de la naturaleza, pero no estudiáis la naturaleza, ¡preferís leer libros escritos por seres débiles, enfermos y deformes!

Os hablaba antes de los vagabundos, y sobre este tema os puedo mostrar más detalladamente las correpondencias que pueden descubrirse entre la vida externa y la vida interna. Cuando la gente es muy rica, puede ir a los restaurantes, donde les sirven los alimentos frescos, y de la mejor calidad, mientras que los pobres van a aquellos restaurantes de segunda clase donde les preparan potajes y guisos baratos, a menudo cocinados con los residuos provenientes de los grandes restaurantes. También están los que no pueden ir a los pequeñas restaurantes, los vagabundos, por ejemplo, que no tienen otra comida que los mendrugos de pan duro o algunos residuos que han conseguido recoger de los cubos de la basura. Ya veis, pues, que los primeros, los ricos, tienen mucho dinero y pueden pagar la comida más fresca, mientras que los que no lo tienen se ven obligados a comer lo que los demás desechan. 

Pues bien, en el plano psíquico, espiritual, ocurre exactamente el mismo fenómeno. Aunque en estos planos quizás sea a los ricos a los que veáis comer en los cubos de la basura.

En la vida interna encontramos la misma jerarquía que en la vida externa. Cuando un ser únicamente tiene pensamientos y sentimientos hermosos, su alma sólo come alimentos celestes.

Mientras que aquél que desciende a los grados más bajos de la vida, preocupándose únicamente de sus rencores, de su ambición, de sus deseos más groseros, se empobrece paulatinamente: no puede por tanto comer en los mejores «restaurantes» del mundo espiritual. Se ve obligado a comer todo aquello que los demás desechan, y no puede formarse un cuerpo espiritual puro y luminoso, porque los elementos que va recogiendo no tienen brillo y están mancillados. Hay que ser rico en virtudes para alimentarse y beber en los restaurantes celestiales. Por lo tanto, si no queréis alimentaros con los desechos de los demás, en lugar de quedaros en las regiones inferiores, debéis subir muy alto. He aquí el secreto de la vida espiritual. De la misma manera que hay que subir muy alto en las montañas para encontrar agua pura, así también debéis ir hasta el Manantial para beber el agua cristalina del amor divino.

La vida es una corriente, un río que viene de lo alto, del Manantial... Y este río, es el mismo Cristo. Es por ello que Jesús decía: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Leyendo estas palabras, un Iniciado ve inmediatamente la imagen del río que desciende de la montaña, y desemboca en el mar. ¿Por qué? El camino, la verdad, la vida... ¿Qué significan estas tres palabras? El camino es el lecho del río, el curso que sigue. La vida es el agua que fluye en el lecho de este río. Y la verdad es la fuente de la que fluye la vida, de donde brotan todas las creaciones. El lecho del río con sus meandros, es el camino de la sabiduría que sube hasta la fuente: la verdad. Y el agua es el amor, la vida, ya que la vida no es otra cosa que el amor: la vida nace del amor. El agua es el símbolo de la vida, del amor. Todas las energías, todas las fuerzas que circulan en la naturaleza, en el cosmos, están representadas por el agua, un fluido que riega, que da de beber, que mantiene la vida.

He aquí lo que Jesús quería decir: «Yo soy el camino de la sabiduría, yo soy el amor que hace nacer la vida divina, y yo soy la fuente de la verdad por donde fluye la vida que desciende para dar de beber a las criaturas». Ejercitaos, pues, todos los días en beber con el pensamiento el agua que viene de las cimas, a beber en las fuentes puras y cristalinas. Quedaos junto a ellas el mayor tiempo posible y comprenderéis los secretos de la vida.


Omraam Mikhaël Aïvanhov
Los secretos del libro de la naturaleza



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01 de Diciembre 2017